lunes, 9 de agosto de 2010

Mi primera guardia

Por Dr. Jesús J. Custodio López.
Cirujano Torácico y Cardiovascular
J.JCustodio
Mi Padre

A todos los estudiantes de medicina que
por primera vez se enfrentan a la muerte.

Cursaba el Quinto año de Medicina y me encontraba trabajando en una clínica particular como auxiliar de cirujano. Aquella fatídica noche, que con mi quinto año de preparación me enfrenté a la muerte, era mi primera guardia.

Paseaba orondo por los pasillos de la clínica con paso lento y ceremonioso, con los brazos cruzados detrás de la cintura, ostentando un aplomo y seguridad del que no me sentía gozar. “Buenas noches Doctor”, me saludaban a ambos lados del corredor. Saludos que alimentaban mi ego, hinchaban mi pecho pero remordían mi conciencia, aún no era médico.

Aquella noche fría y silenciosa, premonitora de desgracias, me encontraba tirado sobre mi cama mirando el estetoscopio como miraría un soldado su fusil esperando al enemigo. A mi mente evocaba todos los conocimientos obtenidos hasta ese instante para tener un apoyo teórico práctico a las actitudes que pensaba realizar en esa batalla contra la muerte. El silencio de la clínica agudizaba mi oído y me angustiaba, me encontraba solo.

De pronto, bruscamente, unos gritos de mujer rompieron el silencio en que me encontraba, era una madre que gritaba, su hijo se moría. Sonó desesperadamente el timbre de mi habitación y salí expulsado por una fuerza extraña con el estetoscopio en mano. Estaba solo, no tenía un amigo de años superiores o a un profesor para que me orientara en lo que debería hacer, la vida del paciente estaba en mis manos.

Bajé rápidamente los peldaños de la escalera. Mis pasos marcaban mi ritmo cardiaco. A escasos metros, sobre una camilla, vi el cuerpo sin movimientos de un niño rodeados de rostros compungidos y desesperados que lloraban desconsoladamente al dirigirme sus miradas, los comprendí: “¡Yo era el salvador!”

“¡Qué pasa!” Pregunté. ¡Se ha tragado un globo Doctor! Me contestaron en tono dramático.

Lo toqué: frío, quise auscultarlo, se me enredó el estetoscopio, palpé pulso radial: no lo sentía, respiraciones: tampoco, pulso carotídeo, latidos cardiacos: no habían. Quise por un momento recordar el esquema del examen físico que había aprendido pero me di cuenta que no me ayudaría en nada. Rápidamente pasé a darle masaje cardiaco, mientras mi mente desesperadamente buscaba apoyo teórico dentro del caudal de conocimientos que había aprendido: respiración boca a boca, masaje cardiaco, adrenalina intracardiaca, traqueotomía, entubación, todo esto me cruzaba por la mente. La enfermera me alcanzó el laringoscopio, agradecí en mi interior al residente de Anestesiología que me había enseñado a colocarlo. Obré rápidamente, no vi nada en la glotis. Volví a intentarlo, metí una pinza, nada. Me estaba desesperando, la enfermera y 2 familiares me miraban angustiados, mientras afuera el resto lloraba. Se me acababa el apoyo teórico. ¡Adrenalina intracardiaca! ¡Corrieron a traerla! ¿Traqueotomía?, nunca la había realizado. Pasé a darle respiración boca a boca. Vi un rostro infantil frío, inexpresivo, marmóreo con los labios cianóticos. Vomitó, pensé que estaba volviendo en sí, fugaz alegría.

El inocente continuaba igual. Volví a darle masaje cardiaco, cada vez más fuerte. De pronto mis músculos se paralizaron, me quedé atónito, una corriente helada recorrió mi cuerpo, una mano sobre mi hombro me dijo: “Ya basta, el niño está muerto”. El Director de la clínica y el Anestesiólogo habían acudido apuradamente en mi auxilio. El Anestesiólogo cogió el laringoscopio, lo introdujo, hizo uno, dos movimientos sobre el cuello, presionó el tórax, metió la pinza y saco el globo. ¡Maldito Globo! El Director aplicaba adrenalina intracardiaca, lo entubaron, respiración asistida, latidos cardiacos ausentes, yo insistía en el masaje cardiaco, el Anestesiólogo con la respiración. Todo fue en vano. El Director se dio por vencido. El Anestesiólogo también, yo insistía masajeando el corazón. “No sigas –me dijeron- ya está muerto” No lo quería aceptar, era imposible. Mis manos entumecidas se quedaron fijas sobre el pecho infantil, jadeaba intensamente.

Cabizbajo cerré los ojos y apreté los dientes fuertemente dibujándose en mi rostro un gesto de dolor e impotencia. ¡Muerte desgraciada, te llevaste a un inocente! Respiré profundamente y mirando el vacío me pregunté: ¿Soy culpable? ¿Pude haber sacado ese globo con un poco más de experiencia? ¿Soy culpable por esta inexperiencia de mi 5to año de medicina?

“No te sientas culpable, si hubieras preguntado qué tiempo transcurrió des que ocurrió el accidente y las circunstancias en que ocurrió, te hubieras dado cuenta que ese niño llegó muerto” A veces creo que el Director dijo estas palabras para levantarme el ánimo, me encontraba muy abatido.

Los padres del niño habían estado peleando no se dieron cuenta que su niño se asfixiaba, no se pusieron de acuerdo si llevarlo a la clínica o a un hospital; salieron a esperar un taxi, el taxi no llegaba. ¿Cuánto tiempo transcurrió? “Hace un momentito, Doctor.” ¿Un momentito?

Cabizbajo, triste y pensativo, recorrí los pasillos de la clínica en dirección a mi habitación, por momentos escuchaba una voz que me decía “¡Culpable!” Pensaba en la alegría de ese niño, que media hora antes, saltaba y corría en casa, por las calles y con sus amiguitos, que nunca jamás lo volverán a ver.

Miré mi reloj: Junio 2 1981, 11p.m., día de mi primera guardia.


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