lunes, 4 de abril de 2011

Primer domingo de vacaciones

En los años que llevo viviendo a solas, he desarrollado considerable respeto por las hormigas y una cierta tolerancia por las arañas, pero cuando veo un mosquito volando cerca de mí, amenazándome, porfiando por succionar mi sangre, entro en un trance paranoico, pierdo la calma y no descanso hasta matarlo. Aunque en Lima no abundan los mosquitos como en otras ciudades más cálidas que he visitado, en esta época aparecen con alguna frecuencia y, a pesar de mis cuidados y prevenciones, se meten en la casa, lo que me provoca un considerable desasosiego. 
Hoy, al llegar a casa, ha entrado un mosquito detrás de mí y de inmediato me he sentido irritado, furioso, dispuesto a matarlo de cualquier modo aunque tuviese que pasar horas cazándolo. No puedo ocuparme de mis asuntos cuando sé que un mosquito me acecha, se pasea por mi casa y se dispone a picarme. La sola idea de que ese intruso sobrevuela mi espacio con intenciones de atacarme enciende en mí un extraño celo depredador. Prendo todas las luces, me hago de una linterna, llevo en la mano un aerosol para dispararle apenas lo vea y recorro la casa como un poseso, buscándolo, escrudiñando las paredes y techos, observando atentamente a mi alrededor, invitándolo a atacarme para entonces destruirlo. Para mi desgracia, este mosquito ha resultado más astuto y evasivo que otros. Lo he perseguido más de una hora sin poder aniquilarlo. Se mueve con rapidez, no se detiene en las paredes y, cuando lo tengo cerca, hace unos movimientos en el aire y desaparece de mi vista, aprovechando la luz tenue de la tarde. He tratado de ignorarlo y me he sentado a escribir esta nota, pero ha sido en vano. Lo he visto volar cerca y, cuando pensaba que lo tenía al alcance para dispararle el aerosol, se me ha perdido de nuevo. En un instante de distracción, he encendido el televisor para ver las noticias que anunciaban la goleada que propinó mi equipo, Alianza Lima, al CNI de Iquitos. En esos pocos segundo que me he permitido una tregua, el mosquito me ha picado en un brazo. Enfurecido, he redoblado mis esfuerzos para acabar con él. Media hora después, a punto de enloquecer, lo he visto posarse sobre una pared. Sin vacilar, he tomado una revista y aplastando a mi enemigo. 

-Hijo de puta!-he dicho, al ver la mancha de sangre en la pared y comprobar que lo había matado.

Adaptación - Y de repente un ángel - Jaime Bayly

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